El gordo panceta
Resulta que en un barrio de los tantos que existen en nuestro conurbano bonaerense había un almacén, un almacén chiquito pero rendidor, como decía mi tía, porque tenía todo lo que uno necesitaba, bueno, en realidad todo lo que necesitaba mi tía, que eran en su mayoría fiambres. Mi tía se llamaba Lidia pero todos le decíamos Lili, porque así parecía más joven y simpática. La tía Lili era fanática de los fiambres aunque sufría de presión alta y esas cosas, pero ella se hacía la tonta y siempre tenía escondido algún salamín de campo, que era su preferido. A mí me gustaba ir a su casa porque también me encantaba el salamín y siempre ligaba algún sanguchito, porque la tía siempre me veía flaco y decía que los fiambres son el mejor alimento porque nos dejan los cachetes colorados y llenos de vida. Igual, yo nunca pude tener los cachetes colorados como ella. Así como la tía era fanática del salamín de campo yo me volvía loco con la panceta. Me fascinaba tanto que quería que todas las comidas tuvieran panceta: la carne, el pollo, los fideos, ¡hasta la sopa! Mi mamá estaba enojadísima con mi tía porque decía que ella tenía la culpa de que me gustaran tanto esas porquerías. Y mi tía se defendía diciendo que era yo el fanático de la panceta y no ella. Pero como todo tiene su explicación y a mí el amor por la panceta no me había surgido de la nada, me gustaría contar algunas cosas. Por ejemplo que mi tía me llevaba todos los días a ese almacén del conurbano, y que ahí me hacía elegir un fiambre para preparar el famoso sanguchito de la tarde. Yo al principio pedía queso y paleta pero mi tía se enojaba y me decía que era un aburrido, que tenía que animarme a experimentar nuevos sabores y no sé cuántas otras cosas más. Entonces un día pedí bondiola, al otro cantimpalo, al otro jamón crudo, y así sucesivamente hasta que llegué a la panceta. Y ahí me volví loco. Y loco es poca cosa. Para mí era algo inigualable, un sabor nunca antes experimentado, una sensación en la boca indescriptible. Era, en pocas palabras, la felicidad. Mi tía se fascinó cuando me vio tan entusiasmado con la panceta. Me decía que era una elección muy acertada y que eso hablaba muy bien de mi inteligencia. A mí, al principio me gustaba la panceta en fetas mezcladita con queso de máquina. Después sentí que no me alcanzaba y que el queso estaba de más, entonces empecé a comer sanguchitos sólo de panceta. Pero después me pareció que el pan también estaba de más, entonces empecé a comer la panceta sola, así nomás, con la mano. Y cuando descubrí que la panceta se podía comer de a cachitos, sin necesidad de cortarla en fetas, esa fue la felicidad extrema. Y como dije antes, mi alimentación se basaba cada vez más en el consumo de panceta, y como también dije antes, mi mamá estaba indignadísima con mi tía. Mientras mi tía no paraba de lavarse las manos, mi mamá le gritaba al oído: “¡pero vos estás loca!! ¡mirá lo que lograste con el nene, y no me vengás con versos eh, que ya te conozco! ¿Vos sabés toda la grasa que tiene la panceta eh?, ¿y sabés cuánto salen los 100 gramos, eh? ¡Una fortuna querida, una fortuna!!!” Mi tía lloraba de pura rabia, y cuanto más lloraba más colorados se le ponían los cachetes, y a mí me daba lástima, porque ella era re buena conmigo. Pero además de todos estos problemas, apareció un problema todavía mayor: en seis meses yo había engordado diez kilos. A mí no me ponía muy mal el asunto, pero el tema fue que en la escuela me empezaron a cargar y a decirme “che gordo” esto, y “che gordo” lo otro, y a mí, la verdad, no me gustaba. Pero lo peor de lo peor que me pasó en la vida fue cuando mis compañeros me descubrieron un cacho de panceta en el bolsillo. Yo siempre me llevaba un pedacito para la media mañana, porque siempre me daba hambre, pero lo disimulaba bien. El tema fue que uno de los chicos me hizo la tranca y terminé en el suelo, y entonces el cacho de panceta salió volando del bolsillo de mi guardapolvo. Todos se empezaron a reír y de ahí en más comenzaron a decirme “el gordo panceta”. Cuando llegué a mi casa me puse a llorar y mi mamá se puso a llorar conmigo. Los dos lloramos por culpa de la panceta. Al otro día mi mamá fue a la escuela para hablar con la maestra y con la directora, para que los chicos no me dijeran más gordo. Pero ellas no le dieron mucha importancia diciendo que era “cosa de chicos”, entonces mi mamá no dijo nada más. Decidió prohibirme la panceta y de ahí en más mi vida se volvió muy muy triste, porque los chicos me seguían diciendo “gordo panceta” pero yo ya no podía probar ni un bocadito. Mi mamá me daba todo el día queso y se creía que con eso podía reemplazarla, pero para mí no era lo mismo. Solamente mi tía, que ahora me veía de vez en cuando, me llevaba al almacencito de barrio y me decía ¿querés panceta? Y yo no me podía negar.
El almacenero tenía un hijo tan gordo como yo, y de tanto ir con mi tía, y de vernos en la escuela, (porque los dos íbamos a la misma escuela), nos hicimos amigos. Yo empecé a ir todos los días a su casa a jugar, porque él tenía una pelota nueva y además vivía cerca de una canchita donde armábamos partidito. Y todas las tardes, antes de la merienda, nos juntábamos todos los chicos del barrio, y lo esperábamos a mi amigo, que era el dueño de la pelota. Cuando llovía no jugábamos, porque la cancha se embarraba toda y terminábamos hechos un asco. Por eso a mí me gustaba que siempre pero siempre hubiera mucho sol, así podíamos jugar. Mi mamá estaba chocha con la idea, porque decía que el ejercicio hacía muy bien a la salud y que me iba a ayudar a eliminar “todos los tóxicos que contenía la panceta y sus derivados”. Creo que mi mamá tenía razón, pero lo que ella no sabía es que yo jugaba poco y nada. A mí siempre me mandaban de arquero, y a mi amigo también, pero él estaba en el otro equipo. Yo era un queso atajando, y cuando se me escapaba la pelota todos me gritaban: “che, gordo, largá la panceta” Y me ponía muy mal. Como a mi amigo le gritaban lo mismo, y como los dos algún día queríamos ser grandes delanteros y meter muchos goles, decidimos hacer una apuesta: el que se aguantaba un mes sin comer fiambre le iba a hacer los deberes de matemática al otro. Y así, ilusionados como estábamos en zafar de los números, empezamos a cumplir a rajatabla con la dieta. Mi tía no lo podía creer, es más, lloraba como una loca porque me decía que la estaba traicionando y no sé cuántas cosas más. Al almacenero, en cambio, le encantó nuestra apuesta, sobre todo porque la habíamos hecho entre los dos, y decía que éramos muy buenos amigos, y que eso era lo más importante. Todo iba viento en popa; el tema fue que como los dos dejamos de comer fiambre, los dos nos teníamos que hacer los deberes mutuamente, y fue así que nos dimos cuenta que haciendo la tarea juntos entendíamos mucho más las cuentas y además nos divertíamos. La verdad es que después de algunos meses no adelgazamos demasiado, y tampoco dejamos de comer mucho fiambre, pero nos hicimos tan amigos que a los demás les daba un poco de rabia vernos tan bien juntos. Y yo creo que por eso, de pura envidia de vernos tan juntos y tan amigos nos gritaban: “¡che, gordos, larguen la panceta!”. Pero a mí ya no me daba tanta bronca.
El odio
Hace 3 años