El binomio fantástico






La risa y el juego llenan la pelopincho, y ahí nos tiramos todos, palito, bomba o de cabeza. Pero eso sí, hay que dejarse llevar por las deliciosas aguas que nos hacen cosquillas en la panza. Yo no sé nadar, ¿y vos? No importa, en la pelopincho no nos ahogamos y entramos todos.


martes, 6 de abril de 2010

Rompe - paga

“No nene, no entendés nada, no se me rompió de casualidad, lo rompí porque se me dio la gana y punto, ¿me vas a decir que vos nunca rompiste nada?, andá, ¡no te creo ni medio!” Y ahí nomás el Chucky se puso a revolear lápices, y gomas, y reglas, y la señorita andaba como loca persiguiendo a ese chico que, según ella, “era un demonio”. Por eso le decían “el Chucky”, porque según todo el colegio el susodicho tenía un alto poder “destructivo”. “Ah, no, es increíble”, repetía la señorita Teresita. “Este chico es peor que la peste, nunca se queda quieto, todo lo destruye, hasta un osito que le regalé el otro día. Por suerte me había salido barato, y después de lo que hizo ni pienso regalarle nada más, ¡si todo lo rompe! Este chico no valora nada, es una barbaridad.” En la escuela todos pensaban igual, pero en realidad el noventa por ciento de estas personas ni lo conocían al Chucky, sólo se guiaban por las palabras de la directora y de la señorita Teresita. Así que el Chucky andaba más solo que atún en lata. Ni un amigo tenía, porque todos los chicos en su escuela y en su barrio, tenían claras advertencias de sus padres de no acercarse a ese pequeño demonio. Pero el Chucky no era ni un poquito así de malo, eso lo inventaban los demás. Al Chucky le gustaba romper pero no por odio ni por bronca, nada de eso. Él rompía como todos los chicos rompen cosas a su edad, nada del otro mundo. A sus papás no les molestaba la “supuesta maldad” del Chucky; “son cosas de la edad”, repetían todo el tiempo. Pero había algo que sus papás le habían prohibido terminantemente romper: a su hermanito. Y el Chucky, aunque le tenía muchos celos, también lo quería y sabía cuidarlo y mimarlo como se mima a todos los hermanitos. Pero el tema era la escuela, y la directora, y la señorita Teresita. Tanta bronca y tanto miedo le tenían al pobre Chucky, que no querían que fuera a ninguna excursión, por temor a todo lo que podía llegar a romper. “Pero todavía no rompió nada y usted ya me lo está acusando, me lo acusa gratuitamente señora directora”, le decía indignada la mamá. Era una cosa de no creer. Pero entre tanto tira y afloje, finalmente la mamá del Chucky logró que su nene pudiera ir a “mundo marino”, como el resto de los chicos. Ni les cuento la cara de espanto de la señorita Teresita cuando la directora le comunicó esta noticia: “¡Y ahorá qué vamos a hacer, qué vamos a hacer!” repetía la señorita a los gritos. “Yo, con mis nervios, no voy a poder hacer este viaje, qué barbaridad, ¡que autoricen a que viaje esta criatura nada más y nada menos que a mundo marino! ¿Cómo vamos a hacer, a ver, cómo? ¿Ustedes saben que ahí las orcas y los tiburones asesinos andan sueltos?, ¡el Chucky es capaz de tirarnos a la pileta para que nos coman, ay, dios mío!” Y así la señorita Teresita seguía y seguía quejándose, indignadísima por este asunto. Pero el Chucky, que a esta altura ya sabía que iba a conocer el mar, andaba revoleando vasos de plástico en la cocina de su casa de puro contento.
Los chicos salieron de la puerta de la escuela a las ocho de la mañana. La idea era llegar al mediodía y almorzar en la playa, aprovechando el buen tiempo. Para esto, todos llevaron sus viandas en la mochila: sanguchitos, empanadas, tartas y milanesas eran las comidas que más abundaban entre los tapercitos de colores. La señorita Teresita y la directora tenían caras de descompuestas; estaban pálidas como un papel y, por cierto, no olían muy bien. Los chicos no paraban de gritar y de saltar de pura euforia, y sus papás, aunque un poco preocupados porque con ellos viajaba el Chucky, estaban felices. El viaje fue, dentro de todo, tranquilo. La señorita y la directora viajaban una a cada lado del Chucky, haciendo una especie de sanguche humano con el pobre nene. Y el susodicho, inmovilizado como estaba, se dedicó a roncar y a babearles las hombreras. Y ellas estaban, puf, chochas de alegría. Hasta que llegaron a San Clemente. ¡Cuántas sonrisas asomaron en las caritas de los chicos cuando vieron el mar!, fue algo incontrolable; decir que pisaron la arena y que salieron todos corriendo fue poca cosa, ¡muchos hasta empezaron a desvestirse porque querían nadar!, ¡con el frío que hacía! La señorita y la directora estaban como locas, corriendo a grito pelado como si las estuviese persiguiendo un asesino serial, ¡CHIIIICOOOOOS!!! Y los chicos ni bolilla. Finalmente, y después de una ardua hora de trabajo por parte de las señoritas, todos los alumnos se sentaron a comer. Y acá es cuando aparece Chucky. Su mamá le había preparado un sanguchito de milanesa con lechuga y tomate, y mientras comía vio que se acercaban a la orilla como no sé cuántas gaviotas, y no tuve mejor idea que empezar a revolearles pedacitos de pan, a ver si comían. Para esto, la señorita Teresita ya lo estaba mirando con odio. Como las gaviotas no querían comer, y se sintieron en peligro, empezaron a sobrevolar el “campamento”, picándoles las cabezas a los chicos. Como el Chucky era muy buen compañero, juntó unas cuantas piedritas, almejitas y caracolitos y se los revoleó a las gaviotas con tanta puntería que a más de una dejó tuerta, y a otras tantas, rengas. Todos lo aplaudieron como si fuera un héroe, menos la señorita y la directora, porque sabían que él había empezado toda esta historia. Pero esto no fue nada, una entrada nomás a lo que vendría después. A la noche, tempranito, después de comer, todos los chicos insistieron para que los llevaran al trencito de la alegría. La idea era muy linda para ellos, pero no para la señorita Teresita que en lo bajito empezó a maldecirlos. “Porfis, porfis”, gritaban los chicos insistentes. Así que tuvieron que acceder. Nomás pisaron la calle y vieron pasar al trencito, todos salieron corriendo enloquecidos detrás del hombre araña. El superhéroe estaba muy ocupado sacándose fotos, y cuando vio que se le venían encima treinta enanitos gritando y corriendo con desesperación, tuvo ganas de salir corriendo. Pero como no era un superhéroe, y si hacía eso se iba a quedar sin trabajo, tuvo que soportarlos con una sonrisa de oreja a oreja. El hombre araña era una verdadera estrella, ¡si hasta la directora y la señorita Teresita hicieron la cola para poder sacarse una foto con él! Después, todos se subieron al trencito, el hombre araña también, y la verdad es que al Chucky no le gustaba ni medio este tipo vestido de araña, así que no tuvo mejor idea que robarle a una nena de vestido rosado su bolsa de pochoclos, y empezar a revoleárselos al superhéroe. Las consecuencias fueron inmediatas: todos los chicos se atrincheraron y pum-pam-pim, no pararon de dispararle pochoclos al pobre hombre araña, que a esta altura ya estaba dejando su trabajo. La señorita Teresita y la directora se enfurecieron especialmente con el Chucky, porque nuevamente había sido él quien había empezado con todo esta historia de los pochoclos. Por suerte, al día siguiente volvían a Buenos Aires; pero antes debían pasar por mundo marino. El paso por el acuario fue breve. Los chicos estaban fascinados con los animalitos, pero la directora y la señorita los hacían caminar rapidito y no los dejaban mirar nada. Lo que pasaba es que ellas tenían miedo de que el Chucky otra vez se mandara una macana, así que lo tenían vigiladísimo. Todo salió muy bien, los chicos estaban muy tranquilos, pero bueno, el tema fue pasar al lado de la orca. Todos le tenían miedo, menos el Chucky, que nadie sabe cómo, se apareció con una de esas pelotas con las que juegan los delfines y se la revoleó en la cabeza a la orca, que quedó tonta frente a ese ataque inesperado. Tuvieron que atenderla de urgencia y hacerle una tomografía computada. Por suerte estaba bien, solamente un poco shockeada por el golpe. Cuando los entrenadores de mundo marino le preguntaron a Chucky por qué había hecho eso con la pobre orca, él les respondió: ¡no me van a decir que ustedes nunca tuvieron ganas de revolearle una pelota a la orca para ver cómo salía rebotando!!! Y los entrenadores tuvieron que reconocer que el Chucky tenía razón, y que eso era cien veces más divertido que ver a la orca jugar con la pelota como si fuese un perrito faldero.

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